Una arista Inesperada


Dentro de la adicción que genera el ir alcanzando pequeños o grandes sueños personales, hay una variante que es la realmente deliciosa: además de encontrar lo que fuiste a buscar encuentras otras cosas que nadie te había dicho.

La disciplina personal que requieren los meses previos al intento de cima de algunas montañas siempre te va cubriendo de una fina capa de determinación. Sales a entrenar cuando muchos duermen, cuando llueve, cuando te gustaría quedarte el fin de semana agustito en casa en lugar de ir a sufrir. Porque sufres. Pero es una elección. Y esa combinación hace que se le pueda sacar un partido diferente a cuando el sufrimiento no es deseado. Al menos yo intento no manejarlos igual. El primero tiene un margen de crecimiento brutal si aciertas con el gatillo.

Cuando luego estás en el monte aparecen una especia de gnomos que te ayudan con el peso y con el cansancio o pereza total. !Podría estar en la playa!. A su hora, a su tiempo...ahora estoy en la montaña pienso en esos momentos. Otra vez en un gran macizo de roca, hielo y nieve. Había ido a eso.

El alpinismo es pura gestión de la energía y recursos personales. En una primera fase, te mides en el nivel físico. Pasados unos días el desgaste de energía se vuelve más sutil y sucede en otros planos.

La manera en que gestionas tus fuerzas y tu pericia es como un volante con dos palancas para moverte por la montaña. Conduces a través del paso de los días tirando más de un sitio o de otro, según sea el camino.

Nunca había terminado una cima con tanta reserva de energía personal. Por primera vez, la montaña, me ha enseñado un nuevo botón para jugar. He calculado que esta montaña del bello Ladack indio la partida se jugó en 10 momentos claves. Diferentes todos unos de otros y con distintas disyuntivas de por medio.

Cada una requería un tratamiento especial: a veces, más mente. A veces más riñón. Otras corazón. Y muchas, la mayoría, de ilusión. Solo la ilusión te mantiene cuando nadie te obliga a ciertas cosas. Eres tú quien te llevó a ese momento, a ese lugar. En blanco y negro. Siempre digo que la montaña no entiende de la mayoría de cortocircuitos mentales que nos montamos a menudo en nuestro días a día. Te ves desnudo en cierto sentido. A ella no le puedes engañar sobre quién eres. Es un espejo cristalino.

Apretar el paso y los movimientos, pero sin dejarse llevar por el exceso de confianza que a veces te dan el sortear ciertos escollos que te presenta cualquier gran montaña. Juegas en su terreno y las reglas la pones siempre ella. No dejar que caiga la energía por debajo de un mínimo y buscar cualquier estrategia para contener una hemorragia de energía (vale el humor, vale la música, vale descansar aunque no estuviera previsto si ella te deja). Aprendes a utilizar pequeños detalles que sabes que marcan la diferencia.

Y llega el día de pisar la cima. Y otra vez estamos solos en la montaña. Me encanta esa sensación. Por segundos caes en la burlona sensación de pensar que has conquistado algo, de que es tuya. Pero no. Es solo una ilusión pasajera. La cima es solo un punto de paso. No te dejará estar ahí más de lo que te gustaría. Siempre te insinúa que es la hora de bajar. Se las apaña.

Que delicia de sensación. No imagino una vida en la que ese momento fuera para siempre. No se si se puede aguantar. El corazón te explota. La mente se extiende y sabes que has cambiado. Que no bajarás igual. Empiezas algo nuevo con cada cima conseguida. A veces pequeños peldaños, a veces grandes escalones. Nunca hay dos cimas iguales y hay miles de bellos picos repartidos por todo el mundo. Barra libre hasta que el cuerpo y la energía digan basta.

No soy tuya, ni lo seré. Eso es lo que me ha enseñado el gigante de casi seis mil metros que allí sigue. A su rollo. Como si no hubiéramos estado allí.

Aquellas aristas nos enseñaron varias cosas como alpinistas, pero quizá mi mayor lección fue la de que la cima, nunca es tuya, nunca conquistas nada. Solo eres un invitado a una pequeña fiesta muy íntima y exclusiva de la que pronto te marcharás.

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© 2015 José Juan Agudo Pereira