Ir a por viejos sueños.


No hace falta irse muy lejos para encontrar momentos únicos. Aquí en Pirineos tenemos una maravilla de cordillera que a veces olvido seducido por otras de más renombre: Pirineos es mucho Pirineos. Si aciertas con el día puede ser una experiencia completa, a todos los niveles: mental, físico, y espiritual. Hacer un solo invernal es una experiencia alucinante. Para mí es como meditar en la acción: sólo el siguiente tramo, los siguientes 45 minutos, a todo lo que das, pero guardando y sin pasarse de listo. Si me dan las fuerzas hasta arriba bien, si no, volveré con refuerzos. Al final, casi 10 años depures de que unos vascos me metieran en la cabeza la idea de pisar aquella cruz del Aneto en pleno invierno he sabido lo que se siente allí arriba, sólo durante 10 minutos al lado de esa cruz congelada, hasta que llegó el segundo asaltante de la montaña que también vio la ventana de buen tiempo. No pensaba subir a la cima cima, el paso de Mahoma sin cuerda en invierno es una temeridad, pero ya que encontré un socio de cordada, y llevaba cuerda, porqué no. Hasta la cruz. Visto y no visto. 24 horas de ventana. Riesgo de aludes controlado. Hay que empezar muy temprano para aprovechar el frío. Me pongo como hora tope para empezar a bajar las 14.00 Partí del Valle de Ésera, en Llanos del Hospital, Benasque. Eran las 04.30 de la mañana. Con los skies en focas a las 06.45 estaba desayunando con los guardas del Refugio de La Renclusa, base para subir a unos cuantos picos de Las Maladetas y el Aneto. Me dijeron que otro montañero había salido hacía media hora. Un Argentino. Reanudé la travesía y vi la luz de su frontal en las primeras rampas antes de cruzar al glaciar. Subía muy deprisa. Tras unas 2 horas y pico deslizando los skies y unas 4 transiciones llegué al Portillón superior donde aún estaba Paco. Un argentino que se llama Paco. Muy salao. Una de sus cuchillas estaba rota, me estaba esperando. Finalmente con algo de cinta americana y una brida le quedó mal que bien. A partir de ahí nos volvemos a separar y cada uno lleva su ritmo. No hay nadie más montaña arriba. Hay que abrir huella. Parece que estás a miles de kilómetros de casa. El terreno es seguro. En otras 3 horas estoy en la base de la cima. Al cruzar el glaciar he perdido mucho tiempo en las transiciones, cuando tienes que pasar de ski a cuchilla o si se pone el hielo duro duro, a crampones. La operativa de transición de material siempre te quita tiempo, nunca sabes cuántas tendrás que hacer. La nieve y el hielo está muy cambiante: pasas de polvo a costra y placa en cuestión de metros. Calculo que antes de la 1 puedo estar arriba, pero quedaba el hielo roto y frágil del famoso Paso de Mahoma. Con el hielo y nieve en ese estado (resbaladizo pero poco profundo como para meter seguro alguno) lo mejor era esperar y sacar la cuerda. Ya veía la cruceta a unos 25 metros de la cruz que corona el Aneto, 3.404, el más alto de Pirineos. Es una montaña que se transforma y muta de verano a invierno: no es la misma. Por mucho que la conozca, seguridad ante todo. Miro abajo y veo una cordada de unas 8 o 9 personas, van muy lento,, a ese paso les darían al menos las 16.00 en cima,, muy tarde, si es que finalmente se apañaron para cruzar juntos el escurridizo último paso. Después de alguna pequeña complicación pasamos el tramo más expuesto. En verano no hace falta rodear la piedra del hombro, pero con ese hielo entre las rocas y el viento mejor rodear por la cara. Ya vemos las banderas ondear. Unos pasos más y ya está. Frío intenso con viento. Te quedas pajarito. La cruz está congelada. Momento mágico. Silencio, contemplación, alegría interior. Qué maravilla de escenario. Me tomo 10 minutos para saborearla y luego cojo algunas imágenes. El descenso fue pesado y largo largo. Apenas tres tubos de nieve polvo bajando el glaciar. La amplia pala superior, cargada de nieve algo vieja no me daba mucha confianza. Preferí bajar pegado al brazo derecho del glaciar. Todo lo demás, hielo y placa. Me cruzo con la cordada que sube cuando me pongo los skies de nuevo, en la base de la cima. Aún les queda al menos 2 horas. Me voy para abajo y sigo las trazas de Paco, pero va muy rápido, le pierdo pronto. Yo a lo mío. En más de una ocasión las caídas hacen que nos juntemos de nuevo y descansemos unos minutos. Las placas de hielo te hacen forzar las piernas hasta que te arden. Nos despedimos en la base de la montaña, el vuelve a subir al refugio. El Llano de Aigualluts se me atraganta: pequeñas bajadas y subidas encadenadas que te quitan las pocas fuerzas que te quedan para llegar al coche. A remar durante hora y media. Tengo sed y hambre, ya huelo la botella de isostar en el coche y unas madalenas que a estas horas estarán como una piedra. Al final, 14 horas intensas para saldar una deuda con el pasado. Un pequeño gran sueño, ridículo, pero de esos que te alimenta por dentro, como a un niño. Os dejo estas imágenes de estas pedazos de montañas que tenemos en casa. Qué espectáculo de mañana! Salud!


© 2015 José Juan Agudo Pereira